Peinaba todas las noches su cabello, cada vez más largo, y se lo trenzaba como las princesas que aparecían en sus cuentos. Algún día será igual de bonito, pensó. Cuidaba su ropa y sus manos, tan delicadas... Era de estas chicas dulces por naturaleza: su voz, su forma de ser, su hermosura. Y por supuesto, tenía un corazón enorme; regalaba amor sólo con una sonrisa. Todo el mundo le adoraba, y en cierto modo, le envidiaban ¿cómo podía estar siempre tan feliz?
Ella misma no sabía dar respuesta a esa pregunta. Vivir me hace feliz, solía responder.
Y es en este punto donde este cuento, como cualquier otro, tiene dos opciones posibles: vivía feliz para siempre, se enamora y sigue repartiendo amor y felicidad; o en contraposición, descubre que vivir no vale, que eso no es más que pasajero, que el egoísmo domina el mundo, que le harán daño, mucho daño, cuando ella sólo quiso dar amor...
Pero por ahora esa tesitura, esa decisión, para mí está tomada. Al igual que Siddharta, ella encontró su camino de bondad, su luz. Y el mundo en ese momento ya no puede hundirte, porque estás por encima del bien y del mal, de la felicidad o la tristeza, encima de cualquier dualidad.
Y como no soy partidaria del determismo, creo que esa decisión, más que cualquier otra, es importante. Es cómo quiero ver el mundo. Y teniendo esa base, ese mínimo, ya uno tiene la fuerza para seguir adelante.
...Aunque por supuesto, a mí aún me queda mucho camino por delante.

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