No es tanto lo que hay que contar como la necesidad de hacerlo. Quizás por el simple hecho de sentir que tenemos algo que aportar a este mundo, lo desconozco. Pero es obligación del alma continuar con esto. Es imposible no sentir nostalgia al mirar atrás, pero si la vida nos enseña algo es que pase lo que pase, cada día sale el sol.
Plasmar sentimientos abiertos, que sangran tampoco es fácil, para qué voy a mentir. El dolor se manifiesta en muchas formas y momentos, se disfraza a veces incluso enlazándose con los recuerdos y y aporta punzadas, intensas, al punto más sensible de nuestro cuerpo. Su presencia, que ya no se materializa, sigue estando ahí, está tan cerca... pero el hecho de no poder palparlo, olerlo o verlo lo hace inverosímil. A veces incluso tienes que recorder lo que ha sucedido, analizarlo, descomponerlo, para ser consciente de que es real. ¿Pero qué es acaso la realidad? Si lo que yo siento aquí no es real, ¿qué lo es? Y lo siento, le siento. Se presenta ante en mí cuando la brisa agita las flores primaverales, cuando veo un rayo de luz que se cuela de entre las nubes, cuando escucho las olas del mar rompiendo enn la orilla, y en todas las pequeñas cosas que me recuerdan a él. Que no son pocas. Está en el mar, en el océano, se hará alga o se hará pez, se hará pájaro, se hará árbol, se hará semilla, ¿se hará persona? Porque así es el ciclo de la vida.
El único consuelo es justamente ver ese sol cada mañana, mientras todo cicatriza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario